Será un honor hacerse vieja

Son curiosas las formas con las que los machos (y sí, digo machos y no hombres por una buena razón) creen que pueden insultar a una mujer. Nosotras, como feministas activas en redes, estamos ya más que acostumbradas a sus ataques furibundos, a sus pataletas machunas, a sus despreciablesinsultos y amenazas. Varias veces nos hemos hecho eco de toda esta violencia que las mujeres (porque no somos solo nosotras, sino casi cualquier mujer con cierta repercusión que se atreva a hablar y sobre todo a señalar el machismo en cualquiera de sus formas) recibimos día tras día. Lo hemos hecho desde el enfado, desde el miedo y también –pasado un tiempo –desde la ironía y el sarcasmo, utilizando sus propios insultos a nuestro favor. Y es que ellos parecen no ser conscientes de que sus comentarios sonla muestra perfecta de por qué sigue siendo tan necesario el feminismo en nuestras sociedades supuestamente igualitarias. 
Desde el principio de nuestra andadura en redes sociales y en especial en plataformas como Youtube, nos dimos cuenta de que, si bien todas las personas estamos expuestas a la violencia gratuita que algunos seres se dedican a verter en las redes (los famosos trolls), los ataques a las mujeres tienen un componente extra, un ingrediente que no puede faltar. La violencia sexual que vivimos día a día en las calles (en forma de miradas obscenas, comentarios soeces que pretenden justificarse en nombre de la galantería o la tradición, así como tocamientos indeseados, abusos y violaciones) también está presente en las redes sociales. No hace falta más que entrar en el canal de cualquier mujer para ver que la mayoría de los comentarios están relacionados con su físico, con su apariencia, más allá de sus argumentos o de sus ideas. De hecho, no importa tanto el tema del que hables, sino el hecho de que seas una mujer hablando, así de simple. En este sentido, tenemos el ejemplo de las youtubers que hablan de ciencia o de videojuegos y que, a menudo, tienen que cerrar su muro de comentarios debido a la violencia sexual que sufren. Así que repito que nohace falta que hablemos de feminismo para que se nos violente continuamente porque lo que les molesta no es tanto el mensaje como la mensajera. 
Y es que a los machos todavía les atormenta la idea de que una mujer, un ser inferior (en su imaginario) puedatener ideas propias y –lo más importante- la suficiente confianza para decirlas en público. Así, una mujer que destila confianza despierta automáticamente un complejo en ellos, un miedo que desencadena en el insulto, en un intento desaforado por mutilar esa confianza. 
La palabra sigue siendo un territorio reservado a lo masculino y si, como mujer, osas romper el silencio y alzar la voz, ocurrirá lo mismo que cuando una niña se abre paso a codazos y, obstinada, pelea por poder jugar al fútbol con sus compañeros varones. Cuando comprendan que ella no va a rendirse y que, a pesar de sus esfuerzos por marginarla y hacer como si no existiera, ella sigue corriendo detrás de la pelota esperando cualquier oportunidad para poder marcar, comenzarán a acosarla sexualmente (es decir, a hacer lo que muchos a día de hoy llaman “cosas de niños”…) Bastará con que hablen de su pecho, de cómo se le marcan sus incipientes pezones tras la camiseta de algodón blanco un poco desgastada, para acabar hundiéndola. 
Porque la violencia sexual tiene un peso específico en las mujeres. Nos han enseñado que somos iguales que los hombres, que podemos llegar tan alto como queramos, que todo depende de nuestro esfuerzo, de nuestras ganas y de nuestro tesón. Pues bien, no es cierto. Para nosotras siempre será más difícil porque estamos sujetas a una violencia invisible para muchos que hace mella en nosotras y contamina cada una de nuestras decisiones. Poco a poco vamos aprendiendo que nuestra valía depende fundamentalmente de dos cosas: nuestra belleza y nuestra juventud. La sociedad machista se encarga muy bien de grabárnoslo a fuego, de decirnos una y otra vez que lo más importante para una mujer es ser agradable a la vista, apetecible. Y, por supuesto, la juventud no es negociable. De estaforma, normalizamos nuestra propia cosificación y la sexualización que un día nos pareció violenta cuando intentábamos jugar al fútbol, años más tarde nos parece normal e incluso deseable. La sociedad también se ha encargado de que no nos paremos a pensarpor qué, si es algo tan normal, solo ocurre con el cuerpo del 50% de la población, por qué somos únicamente las mujeres las que vivimos bajo esta presión y esta amenaza. 
El espacio virtual es una continuación del espacio real, y siendo el espacio real unespacio hostil para las mujeres, era de esperar que el virtual reprodujera las mismas desigualdades, el mismo machismo. Así, cada día tenemos que soportar que nos sexualicen, que hablen de cómo y por dónde nos follarían, que nos llamen gordas, viejas, malfolladas. Que no se pongan de acuerdo en si estamos demasiado buenas para ser feministas o somos horcos indeseables. Que nos amenacen con matarnos, con rajarnos el vientre “de arriba abajo”, con violar a nuestras hermanas pequeñas, que nos pongan precio. 
La gente se sorprende cuando, al entrar en nuestro canal, se chocan con toda esta violencia sexual y nosotras nos preguntamos…¿Acaso no era de esperar? ¿No está toda esa violencia en nuestro día a día? Sí, cierto es que no es común que por la calle nos amenacen alegremente con violarnos, pero quizás no sea por falta de ganas, sino porque no les ampara el anonimato y bien sabemos que la cobardía camina siempre de la mano del machismo.
Y es que los machos rabian porque mujeres jóvenes y – según los cánones de belleza normativos- atractivas anden hablando y tocándoles los privilegios que tienen escondidos entre las pelotas. No poder arremeter contra nuestro físico les atormenta. Así, los más limitados se dejan llevar por sus ya famosas pataletas infantiles y nos insultan llamándonos feas y viejas mientras que los más rebuscados saben que esos insultos no son efectivos, por estar en primer lugar lejos de la objetividad. De este modo, cuando creíamos que ya nos habían insultado de todas las maneras posibles, haceunos días uno de estos cavernícolas apareció con una imagen de las dos en la que se nos había envejecido (muy toscamente, por cierto). Y esa foto no refleja más que otra amenaza patriarcal, una que a todas las mujeres nos han inoculado como un veneno: el miedo a hacernos mayores y a dejar de ser deseables a los ojos de los machos. 
Como decía al principio, es curioso que una imagen futurible sea (o intente ser, al menos) un insulto. ¿Os imagináis que este mismo troll le mandara a Pablo Iglesias una foto de Pablo Iglesias “envejecido”como insulto? No tendría ningún sentido porque Pablo Iglesias es un hombre, y a los hombres se les valora por su inteligencia, por su carisma, por cualidades que humanizan. A las mujeres, sin embargo, se nos sigue valorando casi exclusivamente por nuestro aspecto, por lo que están convencidos de que atacando nuestra imagen nos hacen un daño irreparable. Lo que ellos no saben es que, cuando recibimos esta fotografía ya no percibimos la amenaza ni el miedo, ni siquiera la humillación pretendida. Ahora, y gracias al feminismo que nos susurra al oído palabras mágicas como patriarcado, cosificación o sexualización y nos cuenta entre risas lo frágil que es la masculinidad hegemónica (a la que propongo que empecemos a llamar “machunidad”) no podemos hacer otra cosa que dejarnos arrastrar por una carcajada tan grande como su miedo. Porque sí, con suerte nos haremos viejas, nos saldrán arrugas y nos llenaremos de preciosas canas que darán testimonio de que somos mujeres reales y no muñecas, y de que la vida ha pasado por nosotras, o mejor, que nosotras hemos pasado por la vida haciéndonos mejores personas, más sabias y dignas de respeto y consideración. Porque hacerse mayor, ser “vieja” no es nada de lo que debamos sentir vergüenza, y porque esa foto solo nos anima al pensar que nos quedan muchos años por delante para seguir luchando porque las mujeres seamos tratadas como personas de una vez por todas. Lo sentimos, machitos, tenemos la intención de vivir, al menos, cien años. Y será un honor hacerse vieja, una vieja feminista.

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